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sábado, 25 de julio de 2020

LA NO FERIA

Fotografía de Leonor Montañés Beltrán
Publicado en el Periódico "El castillo de San Fernando"

La importancia del negocio local en cualquier ciudad es algo innegable y lo es por varios motivos. El primero es porque repercute directamente sobre nosotros, sobre mí, sobre ti, incluso sobre ellos. Consumir directamente en éstos contribuye a la recuperación y al desarrollo, explicar algo más sería extenderse en la evidencia y al fin y al cabo sólo entiende quien quiere. El segundo motivo es que ello crea empleo, no hace falta tener muchas luces para comprobar que las empresas que más contratan son las tiendas, los restaurantes y los bares.

Como somos egoístas por naturaleza – el egoísmo es una cualidad inherente en algunos – solemos olvidarnos de un tercer punto también importante y es que las personas que dirigen esos negocios y sus empleados son vecinos, amigos, gente a la que conocemos, gente en definitiva a la que tenemos cerca y aunque sólo sea por ese puntito egoísta al que antes he hecho referencia, que al parecer es el único que importa, deberíamos ser un poco más consecuentes.

Pero, ¿qué pasa?, pues pasa que además de egoístas tenemos la costumbre de culpar siempre a los demás de todas las cosas que nos pasan, sobre todo de las malas. Siempre que metemos la gamba es culpa de otros, somos tan perfectos que no erramos nunca.

Ha habido en esta ciudad tan sui géneris un tema que demuestra todo esto que os cuento. Y es que en un intento de relanzar la maltrecha situación en la que las secuelas de una pandemia ha dejado en el pequeño comercio, sí, ése, el de tu vecino, el de tu amigo, en el que trabaja algún allegado tuyo, ése mismo. En un intento, como digo de aliviar en la medida de lo posible la herida abierta se crea, durante unos días un evento, con la excusa de un bicentenario, para simplemente parar un poco la muerte casi segura de algunos de esos negocios, no voy a volver a recordar que ese comercio es del de tu vecino o el de tu amigo porque sería redundar en algo que parece que da lo mismo. O sí, debería hacerlo, a ver si de una vez alguno acaba por enterarse.

Pero insisto, aquí la culpa es de los demás siempre, incluso de los rebrotes de un virus que parecía que iba a cambiarnos la vida. Y como la culpa es siempre de los demás, no pasa nada, me voy a la no feria, sin mascarilla, pasándome por el forro, de donde sea, la distancia social que ya si me pasa algo echaré la culpa a quién ha organizado eso, que está muy mal eso de ponerme la miel en los labios y pretender que me quede en casa, o salga con mascarilla, que es un coñazo, o me tenga que tomar algo a un metro de distancia de mi colega, cagontó. Así que voy y si sucede el contagio ya veremos a quién le cargo el muerto. Y salgo mañana en las redes sociales a escribir sandeces de que en el pueblo hace falta dinero y hace falta trabajo y no una pamplina de feria que es un gasto innecesario. Pues por eso mismo, alma de cántaro, por eso mismo hay que hacer cosas como ésta para ver si así la economía se alivia un poco y el trabajo se conserva en la medida de lo posible.

lunes, 22 de junio de 2020

UNA PANDEMIA AMENAZA

Fotografía de Leonor Montañés Beltrán.
Publicado en el Periódico "El castillo de San Fernando".

Huele a sal. Las veletas anuncian el viento de poniente que deja huérfana la calle Real, sólo un loco maloliente que lanza improperios al aire rompe un silencio casi absoluto.

Ella se siente vieja, tan vieja que da nombre a la plaza. Plaza de la Iglesia, anticipo de la calle peatonal por la que la gente se aleja, hasta perderse.

Y aunque no tiene noción del tiempo, no sabe qué es eso que marcan los relojes que tiene tatuados en su fachada , sí que sabe hurgar en el pasado. Toca a rebato. Una pandemia amenaza.

Recuerda otros tiempos. Campanea de nuevo mientras se hace un rodete con las nubes que corren en dirección a Chiclana. El miedo se ha metido en las calles, se ha mezclado con el aire. El miedo ha confinado a la gente que prefiere quedarse en sus casas.  Aire contaminado de una  tierra que sin embargo respira.

La Iglesia Mayor, la de los Desagravios. Eterna, como eterno es el tiempo, como el tiempo que no sabe medir. El tiempo que da la sensación de que se ha parado. Todo es lo mismo.

Una pandemia amenaza. La vieja iglesia se lame los recuerdos. Los pobres comiendo puchero después de una película, las camisas azules, cara al sol en la sede de la Falange. Racionamiento, poleá, leche en polvo, nada que llevarse a la boca. Manos en alto. Miedo de nuevo.

La policía ronda a sus pies, la gente se asoma a las ventanas y los balcones sin atreverse a salir. No, no pasarán. El mundo está quieto, parado. El cielo hace sombra. Quedan prohibidos los besos y los abrazos en este estado de pánico que todo lo rodea. Aumentan las distancias.

Los palomas y los gorriones buscan comida y agua, para ellos los seres humanos son ahora un espejismo.

La calle está desierta y limpia, solo de vez en cuando alguna persona da fe de vida. El miedo se nota en el ambiente, sobre todo en esas personas mayores a los que el tiempo les hace un siete en la memoria, a ellos el miedo les come los ojos, les entristece la piel.

Huele a sal. Las campanas suenan a media asta. El loco maloliente quema el alcohol de su sangre durmiendo sobre el banco más sucio de la plaza, como si fuera vago o maleante. Y de repente música de cacerolas, música desafinada que hace pedazos el silencio, que acorta las distancias, esas, sí, esas que daban tanto miedo. Una inmensa minoría, vestidos con ropa rojigualda. Ruido, ruido, ruido. Mucho ruido y pocas nueces.

Parece entonces que no ha pasado el tiempo. Sigue el mundo partido en dos. Uno azul, el color del dinero, otro rojo, como la sangre roja.  Y con el tiempo mismo, el mismo testigo. La misma iglesia de los Desagravios que ve que la historia, siempre cíclica, se pasea por las calles de la Isla.

Un virus, peor que un fantasma, recorre Europa, Una pandemia amenaza. Un fascismo que da miedo.